Hoy, 24 de septiembre, el Perú rinde homenaje a quienes visten el uniforme del Ejército, la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea. Es una fecha de reconocimiento, pero también una oportunidad para hacernos una pregunta incómoda: la calma que disfrutamos, ¿es el resultado de una decisión estratégica, o simplemente el reflejo de que, por ahora, nadie se atreve a romperla?
La diferencia entre ambas respuestas no es semántica. Es la diferencia entre una paz sostenida y una paz prestada.
Dos formas de no estar en guerra
No toda ausencia de conflicto es paz. Existen naciones, instituciones y organizaciones que evitan el enfrentamiento porque han decidido, desde una posición de fuerza, que no les conviene; y existen otras que simplemente no podrían sostenerlo si se presentara. Vistas desde afuera, ambas se ven igual. Puertas adentro, son completamente distintas.
Es la tensión que exploro en mi libro Desear la Paz por Incapacidad para la Guerra: una paz que nace de la incapacidad no es paz, es una tregua sin garantías, sostenida únicamente porque todavía nadie la ha puesto a prueba.
En el ámbito organizacional el patrón se repite. Hay empresas que evitan una negociación difícil, una inversión riesgosa o una confrontación necesaria con la competencia por prudencia estratégica. Otras, simplemente, no tienen la capacidad —financiera, operativa o de liderazgo— para asumir el costo de actuar, y llaman «cautela» a lo que en realidad es limitación.
La experiencia demuestra que la primera pregunta que debería hacerse cualquier organización antes de declarar que «todo está en calma» es si esa calma fue elegida o simplemente heredada por defecto.
El éxito que no se ve
Una de las paradojas menos comprendidas del trabajo militar es que su mayor logro casi nunca es visible: es el conflicto que no llegó a ocurrir. Unas fuerzas armadas bien entrenadas, equipadas y presentes no se miden solo por las batallas que ganan, sino por las que nunca tuvieron que librar porque la amenaza, al evaluar el costo, decidió no intentarlo.
El mismo principio aplica, con matices, a cualquier función de protección dentro de una organización: seguridad, cumplimiento, gestión de crisis. Se valora poco cuando funciona bien, precisamente porque lo que previene rara vez se convierte en noticia.
En entornos operacionales, uno de los principales aprendizajes es que la disuasión no es una amenaza: es una garantía construida con entrenamiento constante, presencia sostenida y credibilidad ante quien observa. Se pierde más rápido de lo que se construye, y casi nunca se recupera con un solo gesto.
Tener capacidad no basta
La capacidad sin inteligencia es un músculo sin sistema nervioso: puede ser enorme y, aun así, reaccionar tarde, mal o en la dirección equivocada. El verdadero puente entre tener poder y usarlo bien no es la fuerza en sí misma, sino la calidad de la información que orienta la decisión de emplearla —o de no hacerlo.
Para cualquier directivo, esto se traduce en una pregunta muy concreta: ¿la decisión que estoy por tomar se basa en una lectura actualizada del entorno, o en una percepción que dejó de ser cierta hace meses? La diferencia entre anticipar un problema y reaccionar ante él rara vez es cuestión de suerte; casi siempre es cuestión de qué tan buena era la información disponible en el momento de decidir.
Uno de los aprendizajes más constantes en el trabajo de inteligencia es que la incertidumbre nunca desaparece del todo. Lo que cambia es la calidad con la que se convive con ella: con datos parciales bien analizados, o con certezas prestadas que nadie se detuvo a verificar.
Un homenaje que también es una pregunta
Hoy los actos oficiales reconocerán, con justicia, a quienes integran el Ejército, la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea del Perú. Pero reducir esta fecha a una ceremonia sería perder su parte más útil: la posibilidad de llevar sus lecciones fuera del ámbito militar.
Ninguna organización —un ministerio, una empresa, un equipo de dirección— está exenta de la misma pregunta que enfrentan las fuerzas armadas todos los días: ¿estamos preparados para lo que podría pasar, o simplemente confiamos en que no pase? La primera opción exige inversión, entrenamiento y decisiones incómodas tomadas con anticipación. La segunda es más barata, hasta que deja de serlo.
El homenaje más honesto que podemos hacerle hoy a quienes sirven al Perú quizás no sea solo la ceremonia, sino la pregunta que nos deja: ¿la estabilidad que disfrutamos —en el país, en nuestra organización, en nuestro sector— descansa sobre una capacidad real y sostenida, o simplemente sobre la ausencia de algo que todavía no nos ha puesto a prueba?
Desarrollo esta reflexión con más profundidad en mi libro Desear la Paz por Incapacidad para la Guerra (disponible en mi perfil de autor). Y les dejo la pregunta abierta: en su organización, ¿cómo distinguen una calma real de una simple ausencia de conflicto?
