Durante años, el debate sobre la inteligencia artificial ofensiva vivió en el terreno de lo hipotético. Se hablaba de lo que los atacantes podrían hacer, en condicional, en algún futuro incierto. Ese futuro llegó en septiembre de 2025, y creo que América Latina necesita entender lo que significa antes de que le toque comprobarlo en carne propia.
Del escenario teórico al primer caso documentado
El punto de inflexión tiene fecha y nombre. En noviembre de 2025, Anthropic —la empresa desarrolladora del modelo Claude— publicó el análisis de una campaña de ciberespionaje que sus propios sistemas detectaron en septiembre de ese año. La compañía la atribuyó, con alta confianza, a un grupo respaldado por el Estado chino, al que designó GTG-1002. Lo que convierte este caso en un parteaguas no es la identidad del atacante ni la lista de víctimas —aproximadamente treinta objetivos globales, entre grandes tecnológicas, instituciones financieras, empresas químicas y agencias gubernamentales, con éxito en un puñado de ellos. Lo verdaderamente nuevo es cómo se ejecutó.
Según el informe de Anthropic, el actor de amenaza logró que la inteligencia artificial realizara entre el 80 y el 90% de la campaña, con intervención humana en apenas cuatro a seis puntos de decisión críticos por operación. La IA no funcionó como un asesor que sugiere: funcionó como un operador que ejecuta. Realizó reconocimiento de redes, identificó las bases de datos de mayor valor, investigó y escribió su propio código de explotación, cosechó credenciales, escaló privilegios y exfiltró datos, casi todo con supervisión humana mínima. En el pico del ataque, el sistema realizó miles de solicitudes, a menudo varias por segundo: una velocidad que, para un equipo humano de hackers, es sencillamente imposible de igualar.
Quiero subrayar un matiz que el propio informe reconoce y que rara vez aparece en las coberturas alarmistas: la IA no fue infalible. En ocasiones alucinó credenciales o afirmó haber extraído información secreta que en realidad era pública. Ese defecto —la tendencia del modelo a inventar— sigue siendo, por ahora, un obstáculo para el ataque totalmente autónomo. No es un consuelo duradero, pero es un dato honesto, y la honestidad analítica exige incluirlo.
Qué cambió realmente, y por qué importa
La tentación es leer este episodio como un incidente puntual. Me parece un error estratégico. Lo que el caso GTG-1002 demuestra es una caída estructural en las barreras de entrada al cibercrimen sofisticado.
Hasta hace poco, orquestar una intrusión de esta complejidad requería un equipo de hackers experimentados, tiempo y recursos considerables. Esas tres restricciones acaban de aflojarse. Anthropic lo plantea sin rodeos: grupos menos experimentados y con menos recursos pueden ahora, potencialmente, ejecutar ataques a gran escala de esta naturaleza. Cuando el trabajo de un equipo completo puede delegarse en un sistema agéntico que opera sin descanso, la economía del ataque cambia. El atacante ya no está limitado por la cantidad de personal, sino por la cantidad de cómputo, un recurso mucho más fácil de escalar.
A esto se suma un dato que ninguna organización debería ignorar: las evaluaciones de Anthropic muestran que las capacidades cibernéticas de estos modelos se están duplicando cada seis meses. No es una progresión lineal que dé tiempo a adaptarse con calma. Es una curva que se acelera.
Hay, además, una advertencia técnica de fondo que me preocupa especialmente. Esta campaña fue detectada precisamente porque se ejecutó sobre un modelo comercial vigilado, donde el proveedor podía observar la actividad. Nada impide que los atacantes migren hacia modelos alojados de forma privada, entrenados específicamente para tareas ofensivas y fuera de todo escrutinio. La visibilidad que permitió frustrar este ataque no está garantizada para el próximo.
La convergencia como riesgo sistémico, no solo técnico
El World Economic Forum, en su Global Cybersecurity Outlook 2026 —quinta edición del informe, elaborada con Accenture y publicada en enero de 2026—, coloca esta convergencia en el centro del panorama. El 94% de los encuestados anticipa que la IA será el principal motor de cambio en ciberseguridad durante el año. Y un 87% identificó las vulnerabilidades relacionadas con IA como la categoría de amenazas de más rápido crecimiento. Cuando casi nueve de cada diez líderes de seguridad coinciden en señalar el mismo frente, deja de ser una intuición para convertirse en consenso.
La IA transforma la ecuación por ambos lados: acelera la defensa y potencia el ataque simultáneamente. El problema, tal como lo veo, es que esa doble aceleración no se distribuye de forma equitativa. Y ahí es donde el análisis debe aterrizar en América Latina.
Por qué América Latina es el eslabón más expuesto
El mismo informe del WEF ofrece el dato más revelador y más incómodo para la región. Ante la pregunta sobre la confianza en la capacidad del propio país para responder a ataques contra infraestructura crítica, los encuestados de Medio Oriente y Norte de África expresaron un 84% de confianza. Los de América Latina y el Caribe: apenas un 13%. Desglosado, solo el 13% se declaró confiado, un 38% se mantuvo neutral y un 49% dijo directamente no tener confianza.
Esa brecha de percepción no es paranoia regional. Es lucidez. Refleja una asimetría real entre la sofisticación creciente de la amenaza y la capacidad institucional para contenerla. Mientras los ataques asistidos por IA operan a velocidad de máquina, buena parte de la región responde con marcos de gobernanza que aún se construyen y con equipos que enfrentan escasez crónica de talento especializado.
El riesgo es concreto, no abstracto. El propio WEF documenta que la frontera entre los sistemas de tecnología de la información (IT) y los de tecnología operativa (OT) —los que controlan represas, plantas de energía, sistemas de agua— prácticamente ha desaparecido. Y cita un caso que debería erizar la piel de cualquier tomador de decisiones regional: en abril de 2025, una represa hidroeléctrica noruega fue vulnerada, abriendo una compuerta que liberó 500 litros de agua por segundo durante cuatro horas, en lo que las autoridades describieron como un acto deliberado de sabotaje. Si eso ocurrió en Noruega, un país en la frontera de la madurez cibernética, la pregunta para América Latina no es si es posible, sino qué la protegería de que ocurriera.
Mi tesis es: la convergencia entre IA y ciberataques convierte una debilidad regional preexistente en un riesgo sistémico. La baja madurez en protección de infraestructura crítica ya dejaba a la región expuesta ante atacantes humanos. Frente a atacantes potenciados por IA —más rápidos, más escalables, más baratos de operar— esa misma debilidad se transforma en una vulnerabilidad de seguridad nacional.
Hacia dónde vamos: el escenario 2030 si nada cambia
Proyectemos con honestidad. Si la capacidad ofensiva se duplica cada seis meses y la capacidad defensiva de la región crece de forma lineal, la distancia entre ambas no se mantiene: se ensancha. El escenario que me preocupa para 2030 no es el de un ciberataque espectacular y aislado que capte titulares. Es el de la normalización de la asimetría: un estado permanente en el que los adversarios operan con herramientas que la región no puede igualar ni detectar a tiempo, y en el que la infraestructura crítica latinoamericana funciona sobre una confianza defensiva del 13% que los hechos no desmienten.
Existe, además, una dimensión de soberanía que el WEF señala con precisión. La protección de infraestructura crítica se está convirtiendo, en todo el mundo, en una cuestión de autonomía digital: los países reevalúan su dependencia de proveedores tecnológicos extranjeros. América Latina, que opera mayoritariamente sobre infraestructura controlada por potencias externas, enfrenta aquí una vulnerabilidad de doble filo. En un escenario de fragmentación geopolítica, la región corre el riesgo de convertirse en daño colateral digital.
Qué debe hacerse: cuatro posiciones
El diagnóstico obliga a propuestas con responsable y horizonte definido. Planteo cuatro.
La primera: adoptar la IA defensiva no como opción sino como imperativo operativo. La recomendación de los propios investigadores que detectaron el ataque GTG-1002 es inequívoca: los equipos de seguridad deben aplicar IA en automatización de centros de operaciones de seguridad, detección de amenazas, evaluación de vulnerabilidades y respuesta a incidentes. La misma capacidad que hace peligrosa a la IA en manos hostiles la vuelve indispensable para la defensa. Ninguna región puede enfrentar ataques a velocidad de máquina con defensas a velocidad humana.
La segunda: tratar la gobernanza de la IA en el ciberespacio como política de Estado y no como un anexo técnico. Los organismos multilaterales de la región —la OEA a través del CICTE, el BID, la CEPAL— deberían liderar la construcción de estándares comunes para el uso defensivo y la contención del uso ofensivo de la IA, en diálogo con marcos internacionales como los de la ITU, el NIST y FIRST, pero con criterio latinoamericano propio. Los ministros de TIC y de seguridad deberían comprometerse con un marco regional de ciberresiliencia para infraestructura crítica antes de que termine 2027.
La tercera: construir capacidad de detección compartida. El ataque de GTG-1002 se frustró porque alguien podía observar la actividad. La región necesita una red de equipos de respuesta a incidentes que intercambien inteligencia de amenazas en tiempo real, porque un adversario que opera con IA no reconoce fronteras y ningún país lo enfrentará en solitario.
La cuarta: invertir en talento a la velocidad de la amenaza. Ninguna herramienta sustituye a los equipos que saben usarla. La escasez de profesionales especializados es, en la región, tan crítica como la escasez de tecnología. Cerrar esa brecha es condición previa para todo lo demás.
Una conclusión sin pánico y sin negación
La convergencia entre inteligencia artificial y ciberataques no es una amenaza futura que podamos aplazar. Es el presente operativo de la ciberseguridad global, documentado por primera vez con nombre propio en 2025 y respaldado por el consenso de los líderes de seguridad del mundo. Para América Latina, la pregunta ya no es si la región será blanco de ataques potenciados por IA. La pregunta es si construirá, a tiempo, la capacidad colectiva para detectarlos, contenerlos y responder.
El 13% de confianza que la región declara ante el WEF puede leerse de dos maneras: como una condena, o como un punto de partida honesto. Prefiero lo segundo. Reconocer con lucidez la magnitud de la brecha es la única base sobre la que puede construirse una respuesta seria. El pánico paraliza; la negación expone. Solo la acción coordinada, informada y veloz permite cerrar la distancia. Ese es, para esta década, el trabajo que no admite postergación.